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Hola Diosas, qué tal? Espero que bien. Como continuación del artículo dedicado a las proteínas según la nutrición clásica quería hoy hacer hincapié en los efectos que sobre nuestra salud y el planeta en general tendremos si continuamos comiendo masivamente proteínas animales procedentes de la industria alimentaria.

Con respecto a la producción industrial de la carne podemos afirmar que el ganado se fabrica en masa, alimentándoles con cereales transgénicos y contaminados con pesticidas. Para facilitar su engorde y evitar infecciones se les atiborra con esteorides anabolizantes, hormonas y antibióticos. Además, para impedir que la carne fresca se pudra es tratada con agentes químicos que pasan a nuestra sangre una vez que ingerimos el alimento. El hígado, aunque es un órgano extraordinario y una de sus funciones más importantes es la de filtrar y purificar, no puede hacer milagros.

Consumir a diario carne en las comidas principales aumenta el nivel de acidosis al reducirse el nivel de ph volviéndolo más ácido. Para equilibrar la sangre, el cuerpo echa mano de las reservas de minerales presentes en huesos y dientes con la consiguiente descalcificación. Por otro lado, tanto la combustión de la proteína animal como su digestión putrefactiva dejan un rastro de residuos nitrogenados que intoxican la sangre, acumulándose en articulaciones lo que explica el aumento de enfermedades inflamatorias.

Si queremos consumir carne de forma saludable y respetuosa con el medio ambiente, podríamos escoger carne de pasto y minimizar su consumo a 1 o 2 veces a la semana.

Por lo que respecta al pescado, deberíamos tener cuidado con los peces grandes como el atún o el salmón pues culminan la cadena alimenticia, acumulando los metales tóxicos de los pececitos que les han servido de alimento y que previamente se han contaminado con los tóxicos presentes en el placton marino. Para alimentarnos de forma saludable, deberíamos elegir pescados pequeños obtenidos por métodos manuales y artesanales y rechazar el de piscifactoría, reducir los crustáceos y moluscos que elevan el nivel de ácido úrico así como cocinarlos poco hechos para conservar los ácidos grasos esenciales.

En cuanto a la leche industrial, acarrea los mismos inconvenientes que la carne y por otro lado, tras el proceso de pasteurización que destruye vitaminas y enzimas, resulta un alimento desvitalizado. La leche contiene un sacárido llamado lactosa que es hidrolizada por la enzima lactasa, la cual disminuye con la edad adulta. No es de extrañar la cantidad de personas intolerantes a la lactosa que hay hoy en día. Por otro lado, Las proteínas de la leche: caseína y gamma globulina bovina son catalizadas por la enzima renina y resultan bastante tóxicas para nuestro aparato digestivo. Tiene a acumularse en los intestinos en forma de mucus. Además, la grasa saturada de la leche contiene ácido araquidónico que aumenta la inflamación en nuestro cuerpo.

Además resulta curioso que la leche de vaca sea la que la naturaleza a puesto al servicio de los terneros que aumentan 30 kilos de peso en su primer año de vida. Evidentemente la composición de la leche materna que es la adecuada para un bebé humano el cual sólo duplica el peso en el mismo tiempo, no puede ser la misma que la del ternero ni en concentración de minerales, grasas ni proteínas.

Para acabar, ya sabéis los desastres que el cambio climático está ocasionando en nuestro planeta; uno de los causantes de este fenómeno son los gases de efecto invernadero, entre ellos el gas metano procedente de la producción en masa de carne. (Perdón por el palabro, pero serían los pedos del ganado). Además la devastación de terrenos fértiles dedicados únicamente a cultivar cereal para estos animales con los consiguientes pesticidas vienen a incrementar, para más inri, la desertización y el malgaste de la tan necesaria agua.

Todas estas son razones suficientes para elegir un consumo responsable de productos animales no sólo para revertir el daño que está ocasionando el cambio climático sino también para preservar nuestra salud.

Hasta pronto!